Eran las 11 de la mañana cuando dando un vistazo a los mensajes del Facebook, recibo uno de Ben Bos, un instructor y amigo de Skanderborg en Dinamarca, que me dice si me interesa ir a bucear a una expedición de pecios coincidiendo con la semana santa. Y pienso, ¿Porqué no? Le contesto, y los pocos minutos me llama….

Hi Sergi! I am sorry but it going to be another dates… will be this Friday! –

Eso es viernes, ¿no? pero hoy es miércoles, ¿cierto? o sea, tengo que comprar el billete ahora o nunca, así que dicho y hecho, billete en el bolsillo y la tarde del jueves para prepararlo todo, sin idea clara de donde voy, ni siquiera a qué. Y volando a Dinamarca el viernes…

Sentado ahora, tranquilo, de vuelta a puerto y bien cómodo en el comedor del barco. Confortable y cálido para ser un contenedor adaptado, ya que toda la sección de habitabilidad del “Susanne A” es un conjunto de contenedores superpuestos unos con otros creando un micro-complejo de buceo en la cubierta llana y fría de este buque. Un contenedor contiene el sistema de control de buceo y ROV (Remote Operated Vehicle). Al lado otro con nuestro material, encima están otros con las habitaciones, los baños. Y en frente, uno con la cámara hiperbárica, y contiguo el contenedor de los compresores y botellones de gas. Un lujo para lo que vamos a hacer…

Rumbo a Kattegat

Este es un país pequeño (y llano) que solo nos cuesta 2h cruzarlo hasta llegar al puerto de Frederikshavn desde donde zarparemos a las 24:00 del viernes, poco después de aterrizar, y navegaremos de noche por el mar de Kattegat, mientras dormimos en nuestros contenedor acondicionado.

Es en la travesía hacia el puerto en la furgoneta de Ben, cuando me va explicando que la invitación es para trabajar, tenemos que explorar y filmar para la realización de un documental sobre un grupo de viejos lobos de mar, todos retirados ya del buceo, que han estado persiguiendo tesoros perdidos en los océanos y en los submarinos alemanes. “Vieja escuela” me comenta. Son de los que primero le metían dinamita a un pecio, y luego rebuscaban que había quedado esparcido. Los mismos que en 2009 le arrebataron un U-Boat al mar y lo enviaron a Inglaterra para su exposición.

Al llegar me encuentro unos medios que me abruman, 2 barcos de salvamento y rescate de buceo, otro con una grúa de 65tn… Cámara hiperbárica a bordo y ROV. 

La excitación corre por dentro, y duermo poco, hay que estar en marcha y desayunado a las 6 am, y a mí, eso me cuesta mucho. La maniobra de fondeo es compleja, porque el barco de buceo (nosotros estamos durmiendo en el auxiliar) tiene que fondear a 4 anclas por cada lado, lo que permite posicionarse sobre el pecio a gusto de los buzos. Somos 4 con rebreather clásico, 2 buzos comerciales con casco, y Ben en circuito abierto (bibotella de 2x12 y botellas de deco) y yo, con mi mxCCR-UTD.

En la charla de planificación, se me cae un poco el mito que los nórdicos son tan bien organizados. Al menos no más que los Españoles…. Y me introducen en lo que será la primera inmersión del día. La misión: encontrar el acceso al interior del submarino alemán U2359.

El U2359 es un submarino tipo XXIII de finales de la 2ª Guerra Mundial, de los que ya no se hacían para atacar, si no para defenderse. Muy avanzado, como todo lo que hicieron los alemanes en ese periodo, y que ya se considera la base constructiva de los submarinos modernos. Es pequeño, lo que dificulta su buceo, y tampoco sabemos en qué condiciones está.

Para ello lo primero en bajar a -67m será el ROV, un juguete bien caro, que nos servirá para identificar el pecio, y ver con qué visibilidad nos encontraremos. Y como si lo hubiera sabido siempre, en la pantalla de la sala de control aparece un agua verde arriba, y una oscuridad tétrica en el fondo. La visibilidad no es mayor de 1m parece. Va a ser complicado.

El encuentro con el lobo

Yo estoy cagado de miedo, no por la profundidad, si no por el frío. Recuerdo aquí unos comentarios que Paco Acebo me explicaba de sus expediciones bajo hielo en el Ártico. Por eso me he traído todo lo que un españolito de Murcia tiene en casa para abrigarse. Doble calcetín, unos guantes secos que recuerdo tenía (de cuando buceaba en Burgos), y que están en busca y captura por los cajones, una no, dos ratas para debajo del traje seco… y el Rebrather, para que el gas, al menos sea cálido.

Salto al agua, y AAAHHGGGG, los 5ºC del agua del Báltico me apuñalan la cara, del resto, creo que he acertado, no noto el agua en el cuerpo.

Inicio el descenso y voy pegado a Ben, tenemos el cable de acero que nos guía al fondo, donde la jaula que servirá para subir el ROV está inmóvil. ¿La visibilidad empeora?, no, cambia de tono, de un verde fluorescente pasa a un oscuro negro, y con los focos encendidos no es más que una sopa de rebotes marrones de sedimento. Debemos estar cerca pero no veo el pecio, ni una sola chapa, solo los focos de Ben y los del ROV que nos vigila.

Espera que me saco la GoPro del bolsillo e intento grabar un poco, aparto la mirada y cuando vuelvo, 8, quizás 10 segundo más tarde, me encuentro solo. ¡SOLO! ¡Pero que m…. es esto! mes asusto mucho, estoy en mitad de la nada y no puedo localizar la jaula, las luces, el ROV…. nada!

Introspección: ¡Sergi, eres un canelo! vaya fallo de principiante he tenido, sin ni siquiera un hilo guía en mitad de la más absoluta nada. Un viaje tan largo y vas a bucear en barro a 70m de profundidad en un mar inhóspito. Solo y a la deriva, y frustrado. ¡Y sin embarcación de rescate! Seré tonto….

Pero espera, tan rápido no puedo haberme separado del conjunto solo por mi culpa. Hay algo más, tiene que haberlo. Mira el suelo, hay unos bichos esponjosos, como plumas y están totalmente inclinados. ¡Claro! es una corriente de tres pares de narices que me está arrastrando, así que lo que debería hacer es nadar en contra como un loco, a ver si vuelvo al punto de partida.

En breve me encuentro con las luces del ROV de nuevo, está enfocando a la derecha, es una chapa metálica, parece el timón del U-Boat. Lo he encontrado y el corazón se me pone a mil. No me importa, porque mi consumo se mantiene igual con el rebreather, pero estoy disfrutando cada latido en mi sien.

Progreso rápidamente hacia la proa y me encuentro a Ben, está parado buscándome cerca de una elevación de la chapa, pero solo han pasado 4 minutos, así que aún nos da tiempo para trabajar. Seguimos avanzando y a mis ojos va mostrándose una bulto de chapa y redes abandonadas. El peligro más temido para un buceador con tantos cachivaches colgando como yo. Quedarse enganchado aquí no me apetece nada, así que las voy apartando con cuidado, para no engancharme, y para no enturbiar demasiado el agua con el sedimento acumulado en las fibras. La corriente en esto nos ayuda, porque limpia rápido el agua llevándose el lodo lejos.

¡Mmmmm! ¡mmmmmm! (grito en la boquilla de mi BOV) ¡Mira Ben! Es un círculo de metal pegado al costado, es la antena de radio. Más a la derecha, una bola, debe ser la que cerraba el snorkel, sí, un snorkel, por donde ventilaba el submarino en inmersión, y de donde se saca el nombre para el tubo de buceo, el de toda la vida.

¡OH! La torre del periscopio, pero no hay lente. Algún pescador la arrancó intentando recuperar sus redes. Y por fin, nuestro objetivo: la escotilla de acceso al interior. Hay una red encima que Ben rápidamente se dispone a apartarla. Yo le filmo. Mira, hay una apertura, y otra vez la mirada furtiva, un chispazo de adrenalina en la pupila de mi compañero, que introduce sus manos por la apertura y tira con fuerza para abrirla. Tira con mucha fuerza, pero no tanta como los más de 67 años que lleva el óxido apoderándose de sus bisagras.

No podemos ni mover unos milímetros y damos por terminada la inmersión. Empieza el ascenso. El doloroso ascenso. Hasta ahora no me había percatado de unos poros en estos viejos guantes secos, que me empapan las manos, y ya no siento las puntas de los dedos. Pronto se vuelve en un dolor insoportable, como si me estuvieran clavando un destornillador fino y largo en cada dedo. Pero la descompresión no admite que nos la saltemos. Empiezan 50 minutos muy largos de ascenso. Mi mente está intentando escapar del dolor de mis dedos, que me perseguirá incluso al día siguiente mientras desayuno.

Al salir del agua, todo son preguntas…. ¿Se puede abrir? ¿Se puede entrar? ¿Se podrá sacar?

Inmediatamente después otro equipo salta al agua y descienden para hacer un par de mediciones ultrasónicas, una en la popa y otra en proa, para conocer el grosor del acero. 10,7mm, justo en el límite para poder resistir su levantamiento… El objetivo es que pueda resistir el embragado de una grúa y lo pueda levar a superficie para extraerlo del agua. Quizá el año que viene, cuando consigan el millón que necesitan para hacerlo.

Para financiarse, han creado un grupo de Crowfunding, y también la elaboración de la cerveza más antigua del mundo gracias a otro descubrimiento, un pecio del siglo XIX hundido no muy lejos del submarino. Un cargamento de cervezas de 1861… pero eso ya será otra historia, la historia de mañana.